Perfectini ma non troppo


El debate social y científico en torno al origen de la personalidad es uno de los más antiguos en el mundo de la psicología. Y siendo tan antiguo, los científicos siguen sin ponerse de acuerdo. Aunque hoy en día, los expertos prefieren tirar por el camino de en medio, y darle el mismo peso al factor ambiental que al genético.

No cabe duda de que es mucho más fácil identificar los rasgos heredados, sobre todo cuando te dicen eso de “¿a quién te parecerás?”.  ¿A quién no se lo han dicho alguna vez? Lo que es curioso, es que normalmente el chascarrillo nos viene más a la mente cuando pensamos en cualidades que vemos de forma negativa. En mi caso me lo dicen especialmente por mi inmensa perseverancia (también llamada cabezonería), pero sobre todo por el perfeccionismo brutal que padezco.

Tengo claro que mi madre ha tenido mucho que ver en esta tendencia mía de querer mejorar todo lo que se me pone por delante, no sé si por genética o por aprendizaje, aunque, por supuesto, no la responsabilizo de su amplificación. Y menos con lo que me ha sufrido desde bien pequeña. Todavía nos reímos cuando recordamos las veces en las que yo me empeñaba en peinarme sola y acababa lanzando el peine al pasillo cuando la coleta no me quedaba perfecta, sin comprobar previamente si pasaba alguien por allí.

Perfeccionista-Comic

Pero ¿cuál es el punto de inflexión entre la virtud y el defecto? He ahí la cuestión. Desde fuera veo dos puntos de vista: si la otra persona “sufre” tu perfeccionismo eres tiquismiquis y obviamente es un defecto que debes corregir. Ahora, si la otra persona se beneficia de tu perfeccionismo y no le supone esfuerzo alguno, entonces eres meticuloso, detallista y da gusto tener cerca alguien que se preocupe de esas cosas.

Personalmente, no consigo identificar si la personita que me dice que todo debe ser lo más perfecto posible es el ángel o el demonio. Lo que está claro es que pocas veces se calla. Generalmente, no me supone mayor problema y he aprendido a vivir con ella. El problema viene cuando te falta tiempo para que todo quede perfecto, o cuando, para que quede absolutamente perfecto, supone un trabajo que sabes fehacientemente que no lo merece, pero aun así no puedes dejar de hacerlo con el consiguiente encabronamiento contigo mismo. Y es que nadie dijo que el camino hacia la excelencia fuera fácil, pero ¿y lo bien que te sientes cuando el resultado es perfecto (o al menos, perfecto para ti)?

Sin embargo, lo que me preocupa realmente y lo que hace que me cuestione este tema casi a diario, aparte de mi salud mental, son mis hijas. Lógicamente, tengo que enseñarles a hacer las cosas bien, por ejemplo, a escribir, pero ¿tiene que estar perfecto?

En fin, soy consciente de la razón que tenía Dalí cuando decía que no hay que tener miedo a la perfección porque es imposible alcanzarla. Pero una cosa es saberlo y otra muy diferente aceptarlo y no sucumbir a ese “lado oscuro” que hace que te preocupes por cosas sin importancia. Seguiré siendo perfeccionista, pero éste es mi primer paso para reconducir mi perfeccionismo hacia su lado más pragmático.


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