La Mala Educación 1


Recuerdo al invierno en los primeros años de la infancia, recibiéndome con un hermoso cargamento de placas infecciosas en mis condenadas amígdalas. Mi madre, desesperada, me llevaba entonces a visitar al médico de la seguridad social, pertrechado de los pies a la cabeza con un abrigo, 2 bufandas, ropa de calle sobre el pijama y un pasamontañas rojo que olía a Cola-cao.

Después de atravesar un descampado crujiendo charcos helados, y varias calles de casas bajas llegábamos al ambulatorio del barrio. Nada más cruzar el umbral de la puerta, un cartel con la imagen de una enfermera de belleza “marisoliana” nos daba la bienvenida en cada rincón, esquina o pasillo, hasta la sala de espera de la consulta recordándonos con el dedo índice sobre sus labios que debíamos guardar silencio.

Ya en la consulta, el que nos daba la bienvenida era el Ducados encendido de Don Ramón, que tras el preceptivo reconocimiento médico con su fonendoscopio congelado y el valioso obsequio cuchara de palo, me recetaba el inevitable ciclo de antibióticos en inyecciones de cada temporada.

Muchas imágenes grabadas en mi memoria, pero sobre todas ellas, la de la enfermera pidiéndome silencio.Silencio por favor

He tenido la mala pata, nunca mejor dicho, de disfrutar de 3 horas seguidas de sala de espera en las urgencias de un moderno hospital de Madrid de reciente construcción y con equipamiento de última generación. Silla de ruedas ergonómica recibiéndome en el vestíbulo, pulsera con BID identificativo entregada por amable auxiliar en la recepción, carteles LED sobre campañas de vacunación, televisiones planas colgadas de las paredes.

Tras la burocracia de rigor, el personal de seguridad me indica donde está la sala de espera: “Diríjase a la sala al fondo del pasillo, donde el rumor”.

Y es aquí donde comienza el esperpéntico espectáculo plurinacional con el que debemos tejer mimbres en nuestra España del siglo XXI. Lo primero que veo sobre la pared de la izquierda es un cartel de reducidas dimensiones, pidiéndome que apague el móvil. A mano derecha, sentadas, dos ciudadanas magrebíes hablando en bereber entre ellas con tono de interior de discoteca, al fondo una pareja de jóvenes poligoneros magreándose sin pudor. Una mamá y 3 niños seleccionando mercancía de las 6 máquinas de vending ubicadas estratégicamente junto al acceso a los aseos como si estuvieran en la feria. Una peñista del bar el Mosky de Paracuellos, ésta sí lesionada en la feria local, explicándole por el móvil en modo prima dona, por tercera vez, “¡que pareces tonta hostia!” a su interlocutora que esperase su “guasá” para que fuera a buscarla al hospital. Un ciudadano del Este también hablando por el móvil a gritos con su cuñado, suponemos,  mientras se pasea por toda la sala impunemente, y para relajar el estrés la machacona musiquita binguera previa a la llamada de los pacientes.

Es cierto que se han padecido recortes en nuestros servicios sociales, pero a pesar de éstos y del retraso, la atención de los profesionales del centro fue de auténtico lujo. 

El problema más grave y real que tenemos encima de la mesa es:

¿quien nos va a solucionar el recorte en educación y respeto que nuestra sociedad sufre?

…esta vez sí, en silencio…


BOTON Headphones nar The Verve “Come on”

 


Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Un comentario en “La Mala Educación